Historia Argentina Colonial
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BERNARDINO RIVADAVIA: Nuestra historiografía oficial se apoya sobre el trípode formado por Moreno, Rivadavia y Mitre. Cada uno cumple con la función asignada por la farsa liberal. De los tres, Mitre asume el principal papel, llevando a cabo el plan preparado medio siglo atrás con la colaboración de Inglaterra, mejor dicho, bajo la suscripción inglesa. La Argentina a partir de Pavón se regirá, mal que le pese a sus enemigos, por las reglas fijadas desde el mitrismo y sus proteicas variantes. Moreno no deja de ser el invento de los historiadores adscriptos al liberalismo, sin otra importancia que la consagrada por la asidua divulgación de su nombre y la solidaridad de sus admiradores. Entre los dos citados aparece la figura de Bernardino Rivadavia. A El le toca el rol establecido por la leyenda histórica. Si Mitre ejecuta – no en la ficción sino en la realidad – y Moreno idealmente planea, Rivadavia encarna la justificación histórica, el antecedente genealógico de la sumisión colonial.
Nace en Buenos Aires en 1780. No alcanza a completar sus estudios. A sus panegiristas les preocupa demostrar la “ limpieza de sangre” de Rivadavia, lo que podrá ser o no, sin que ello implique descalificarlo sin olvidar la regla de oro martinfierresca: “Dios hizo al blanco y al negro / sin distinguir los mejores / ... también hizo la luz / pa distinguir los colores”. Rivadavia poseía rasgos de mulato “ de tipo israelítico”, comenta el futuro Pio IX , que lo conoció en Bs.As. Insisto en que tales datos objetivos sobre su fisonomia no pretenden disminuirlo, sino advertir una de las múltiples falsificaciones de sus admiradores. En el acta del Cabildo del 31 de diciembre de 1808 se encuentran las primeras noticias sobre su persona. En ella se deja constancia de la disconformidad del Cabildo por habérsele concedido “ Plaza de Real o Mayor Propietario”. En la foja 3 y 4 del libro LXIV original, aparece la objeción fundada entre otras razones legales pòr “...no admitir entre sus individuos personas incapaces que este grado se halla don Bernardino González de Rivadavia: que este no ha salido aún del estado de hijo de familia, no tiene carrera, es notoriamente de ningunas facultades, joven sin ejercicio, sin el menor mérito y de otras cualidades que son públicas en esta Ciudad...”.
Poco se menciona el tan rotundo juicio de la honorable corporación sobre la manifiesta incapacidad de Rivadavia. Será justamente Mariano Moreno quien repita, años después, otra opinión parecida a la de los cabildantes de 1808. “ A la verdad Señores – dice Moreno - ¿cuándo se inició este repentino comerciante en la carrera del comercio, cuál fue su giro, cuales sus conocimientos, cuáles sus fondos u actos mercantiles por los que se haya hecho conocer en esta ciudad? ¿ Es caso presumible que una gruesa y complicada negociación se encomendase a la administración de un joven que no conoce las calidades de los efectos, que no distingue la Bretaña de la Francia de la de Hamburgo, que ignora los precios... y carece de los conocimientos facultativos que exigen prácticas y principios, que El no ha tenido... Sírvase vuestra señoría fijar la vista sobre la conducta pública de este joven: ya sostiene un estudio abierto, sin ser letrado, ya usurpa el aire de los sabios sin haber frecuentado las aulas ... y todos estos papeles son triste efecto de la tenacidad, con que afecta ser grande en todas las carreras cuando en ninguna de ellas ha dado el primer paso”. La recusación alegada por Moreno pertenece a un juicio en que Rivadavia defiende a su patrocinado, socio y consejero, el delincuente inglés Guillermo White, conocido por su extenso prontuario.
Uno de sus amigos o socios, uno nunca sabe, ingleses J:R:Beaumont, lo describe al recordar la entrevista que le concediera en Buenos Aires. “ Su Excelencia – cuenta el inglés – avanzó lentamente hacia mí, con las manos cruzadas hacia atrás lo que me hizo pensar que imitaba a su modelo Napoleón; restablecía el equilibrio de su abultado abdomen o bien deseaba resguardar sus manos de un contacto de familiaridad indeseable. Su excelencia lentamente avanzaba hacia mí, y con un aire formal de protección, una vez mas dio a conocer que el Señor Rivadavia en Londres, y don Bernardino Rivadavia presidente de la República Argentina, no debían ser considerados como una y única persona”. Corroborando las palabras del inglés, en relación a su físico, merecen transcribirse las de su fervoroso admirador Vicente Fidel Lopez, quien dice: “ Levemente inclinada hacia atrás, más bien piramidal que espaciosa, su frente presentaba esas líneas que según dicen, denotan propensiones fantásticas. De buen tipo, su cabeza erguía con arrogancia en medio de una espalda demasiado ancha para su estatura. Hasta aquí todo era aceptable; pero los brazos eran tan pequeños que parecían de otro cuerpo; y allí nomás, a mínima distancia del pecho, sobresalía tan abultado vientre que producía el efecto de una esfera sostenida por dos palillos, nada correctos ni derechos siquiera”.
A raíz de los acontecimientos de setiembre de 1811, provocados por el sector porteñista enemigo de la asonada popular del 5 y 6 de abril del mismo año, se designa el primer triunvirato - Cliclana, Sarratea y Paso – oficiando de secretarios José Julian Pérez, Vicente Lopez de hacienda y Rivadavia de guerra. Con una actividad similar a la de Moreno en la Primera Junta, comienza a “ adelantarse en su tiempo”. Reglamentos, supresiones, fundaciones, prohibiciones y representaciones se efectúan a troche y moche, con la intención de suplantar el orden tradicional, por otro calcado de instituciones europeas. La conspiración de Alzaga permite a Rivadavia desencadenar una persecución despiadada contra el cabecilla y los otros complicados. El rencor contra Alzaga provenía de los ásperos juicios sobre la incapacidad de Rivadavia, mencionados en la citada acta del Cabildo. La figura de Rivadavia comienza a adquirir notoriedad. El jacobinismo imperante encuentra en él la confusa mezcla de orgullo y resentimiento, útiles herramientas del éxito en épocas de inestabilidad política. Durante su gestión en el Triunvirato se produce la “ rebelión de las trenzas”, especie de coletazo del 5 y 6 de abril, reprimida con igual saña que la aplicada a Alzaga, o años mas tarde a la conspiración de Tagle. No bien arriba San Martín, se inicia la antipatía que en Rivadavia se resolverá en concentrado odio y en San Martín en desdén y desprecio, aunque sus consecuencias no se redujeran a simples sentimientos personales. Ala enanismo de Rivadavia, alimentado por la envidia y el odio a San Martín, debemos la pérdida del Alto Peru y el fracaso definitivo de la misión continental americana del héroe.
El 8 de octubre de 1812 se produce la revolución alentada por la Logia Lautaro, cae el primer Triunvirato, Rivadavia abandona la función pública y permanece en acecho hasta que Posadas, en calidad de primer Director, le encomienda, vaya a saber por que ignorados antecedentes, una misión en Europa.
Desde París, donde el lamentable embajador es reemplazado por Valentín Gomez, regresa en 1821 cargado de fracasos diplomáticos, repleto de peligrosas amistades y con un barullo mental listo para ser derramado sobre la arisca realidad de la patria. La ocasión se le presentaría al poco tiempo de arribar. Los seis años de residencia le permiten tartajear teorías de moda, llenas de atractivo entre los gobernantes, muy similar al que un siglo después despertará el máster obtenido en la meca del dólar o el diploma oxoniense.
En septiembre de 1820 Martín Rodriguez es designado Gobernador, con facultades extraordinarias otorgadas el 6 de octubre. El 29 de junio de 1821 lo nombre a Rivadavia, que había regresado un mes y pico antes, ministro de Gobierno. Si como secretario del Triunvirato comenzaba a adelantarse a su tiempo, no es preciso esforzarse en imaginar lo que sería encontrar el terreno ofrecido por la oquedad cerebral del gobernador Martín Rodríguez. Con dichos pergaminos a Rivadavia no lo paraba nadie; iban a ver de lo que era capaz un personaje con tales características físicas; que había sufrido humillaciones en su ingreso a la política, y, probablemente en la presuntuosa Europa; casado con una mujer excepcionalmente fea, por mas que fuese hija de un Virrey, a tal punto que uno de sus inconcebibles admiradores afirma: “que no sintió con fuerza los reclamos de la vida hogareña” De la índole de Rivadavia surgen aspectos donde se encuentran las causas de tantas desmesuradas medidas de gobierno. “El aire de los sabios”, denunciado por Mariano Moreno, le serviría para embaucar a los “ilustrados”, pueblerinos de la vanidosa aldea. Existe un tipo de intelectual de ateneo de barrio suburbano, liberal, laico o ateo, cuya etiología conduce de Rivadavia a Anibal Ponce. El General Martín Rodríguez, un criollo de verdad - léase su ejemplar carta a Estanislao Lopez - , encandilado por el chisporroteo de sus colaboradores, Rivadavia y García, prefirió dejar a su cargo el enrarecido aire de los despachos de gobierno , mientras él, errándole feo, por cierto, campeaba contra los indios. El Gobernador Rodríguez lo invitaba con su pasividad a reformar todo lo que se le pusiera a mano, inspirado por las lecciones aprendidas durante los seis años de residencia europea. Lo transcripto expresa el galimatías rivadaviano, además del bochinche mental de sus coetáneos deslumbrados por un estilo al que admiraban por resultarles incomprensible. Resulta imposible por mas que sea tentador, reproducir textualmente las minuciosas estupideces consignadas sobre cualquier tema , como por ejemplo : la convexidad de las rejas de las ventanas, la prohibición a los militares del uso del uniforme, la reglamentación de la vagancia, la tajante diferencia entre la ebriedad de los pobres y de quienes poseen propiedades, en fin el muestrario es inagotable. Precisamente, mientras el delirio de Rivadavia deslumbraba a la cursilería porteña con docenas de decretos, Gutierrez de la Fuente, comisionado por San Martín, en procura de apoyo, encontraba clausuradas las puertas de la administración y las mas rotunda negativa a los apremiantes pedidos de ayuda para proseguir la guerra por la independencia, a la que respondieron favorablemente López, Quiroga, Bustos, Ibarra. En julio de 1822 sostiene que el santuario de Luján “no tiene mas objeto que el culto de una imagen”, “no rinde servicio alguno”. El espíritu de Bentham había prendido en Rivadavia. El del 9 de julio parece obra de un orate. En el mismo mes de julio San Martín en Guayaquil cedía el mando de sus tropas ahogado por la estrechez de recursos a raíz del abandono del gobierno de Buenos Aires. Mientras perdíamos el Alto Perú, el ministro de las luces se preocupaba por fijar el sueldo al sacristán y los sepultureros del cementerio norte (decreto 628- 17 de julio de 1822).
Lo cursi de Rivadavia y tantos otros de su ralea , obedece a diferentes motivos. El deslumbramiento ocasionado por la civilización, no la cultura, Europa les impide ver la realidad local. Cuando esta emerge en hechos o en hombres , el encontronazo agudiza la repulsión entre las luces y la barbarie. Sin la adecuada formación espiritual, ni fundamentos culturales y tradicionales genuinos, la adopción de costumbres e ideas ajena se reduce a remedar moldes ajenos . Al alcanzar semejante dimensión, la cursilería deja de pertenecer al escueto campo de los tolerables defectos individuales, y adquiere otra tremendamente nociva para el país que la padece. Convertida en sistema , instalada sobre la realidad, la cursilería asume carácter político, cultural, social, económico, en tanto adopta prácticas elaboradas con el propósito de servir una diferente realidad. Rivadavia enceguecido por las ideologías, en general pasadas de moda, venía a reformarlo todo.
El clero, el ejército, las instituciones, la educación, la ciudad recibían el impacto de su afán reformista, inspirado exclusivamente en el plagio de lo que había visto en Europa.
Si lo que se llaman legisladores en América hubieran tenido presente que a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, pero sí las mejores que sean apropiadas a su carácter, la situación de nuestro país sería bien diferente. Estas palabras pertenecieron a otro genio político militar que se llamó Don José de San Martín, cuyo desprecio por Rivadavia, minuciosamente ocultado por los admiradores de este , se hace patente en el juicio del general, como en otros emitidos sobre el mismo tema. Los testimonios sobre la antipatía de San Martín, mezcla de desprecio y asco, pertenecen a uno de los capítulos mas turbios de nuestra historia falsificada.
San Martín, no pierde oportunidad de destacar las actitudes del delirante ministro. En carta a O´Higgins, dice: “la marcha de todo estado es muy lenta y si se precipita sus consecuencias son funestas. Si yo viese a su afortunada patria dar oídos a visionarios y precipitar las reformas le confieso que me alarmaría por su futura suerte; tenga presente la que se siguió en Buenos Aires con el célebre Rivadavia que empleó en solo maderas para hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral sesenta mil duros; que gastaron ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para un canal desde Mendoza a Buenos Aires; que se estableció un banco donde apenas había descuentos; que gastó cien mil pesos para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río y en medio de un cementerio; y todo esto se hacía cuando no había un muelle para desembarcar y embarcar efectos, y por el contrario deshizo y destruyó el que existía de piedra y que había costado seiscientos mil fuertes en tiempos de los españoles; que el ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían limosnas los soldados públicamente. Sería de no acabar si enumerara las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de mis compatriotas, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con solo decretos que llenaban diariamente lo que se llama Archivo Oficial. Yo espero que Chile seguirá la marcha sólida que ha emprendido y que las reformas la hará con paso de tortuga”. Bastarían las anteriores palabras de San Martín para descalificar el empecinamiento de los admiradores de semejante botarate.
El pensamiento de San Martín expresaba el de la gente sensata, al mismo tiempo que sus experiencias personales con Rivadavia no habían sido gratas. En carta a Guido el 5 de abril de 1829, comenta que : “…se aprontaron partidas para prenderme como el mayor facineroso”, era el año 1823, y ocurría por orden de Rivadavia. En otra dos años después, le dice a O¨Higgins: “…esto no me sorprende, pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia, mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial lo mas completa, yo he mirado esta conducta con el desprecio que se merecen sus autores”.
A Guido en octubre de 1827 le escribe: “…ni la renuncia de Rivadavia, ni el mal resultado de la negociación entablada con el Brasil, me ha causado la menor sorpresa. El carácter ridículo y eminente orgullo del primero, no podía menos de hacerse de un crecido número de enemigos”. Es notable, en el estricto sentido de la palabra, la afinidad que enhebra la opinión política de Rosas y San Martín en la que se destaca la sensatez por sobre todo lo demás. En el número 4 del Archivo Americano, del 8 de julio de 1843, se lee: “Don Bernardino Rivadavia, uno de sus ministros ( se refiere a Martín Rodríguez) sobre quien pesa la responsabilidad de nuestras mayores desgracias entregado a sus abstracciones, sin el menor conocimiento de su país en oposición con las ideas y costumbres de sus compatriotas, emprendió una reforma radical en todos los ramos de la administración pública-política, tribunales, hacienda, culto, establecimientos de caridad, de educación, todo fue desbaratado en un instante con la misma actividad que el comandante de una trinchera pondría en desmantelar las defensas de una plaza sitiada. Ni se paraba en las dificultades, ni lo arredraba la falta de recursos, ni tomaba en consideración la oportunidad, o inoportunidad de las obras proyectadas. Nada de eso entraba en sus cálculos: lo único que le ocupaba era adquirir renombre de sabio y acreditar que estaba a la altura del siglo: de donde le vino el dictado de Padre de las Luces, que sus adherentes le daban por lisonja, y sus émulos por ironía. Al examinar con imparcialidad los actos de aquella administración, nada hallamos que confirme sus elogios de sus admiradores: porque a la verdad, ¿Qué vale la instrucción, aunque la tuviera el corifeo de los unitarios, si no va acompañada de la prudencia”. Es fácil advertir la relación entre San Martín y el federalismo rosista en torno a la prudencia, la sensatez y el conocimiento de la realidad. El visionario, el ingenuo, el soñador, no olvida que la caridad empieza por casa por mas que aparezca el rocío de alfeñique , por ejemplo en el decreto sobre minas del 24 de noviembre de 1823, cuyos disparatados considerandos no alcanzan a disimular la torcida intención de la parte resolutiva, en la que se autoriza El mismo a constituir una sociedad minera en Inglaterra.
Ciertos historiadores que no han dejado de criticar a Rivadavia exhiben excesiva benevolencia, admiten como mera ingenuidad las evidentes pruebas sobre su complicidad en el doloso negocio de las minas del Famatina. Las cartas de la casa Hullet ofreciendo garantías en dicho negocio, fundadas en su nombramiento como Presidente de la Nación a las que suma el cargo de Director de la Compañía, con mil doscientas libras de sueldo, son algo mas que sospechosas concomitancias. Tampoco mencionan mucho la palabra Baring Brothers. El saludable silencio envuelve la gestión de Rivadavia en los negocios mineros y en el de los enfiteutas asociados con amigos y testaferros, cofrades de la misma política. La enfiteusis ha sido otro de los cimientos del altar Rivadaviano. Enfiteusis quiere decir sencillamente arrendamiento. Consistía en el único recurso del gobierno a mano del gobierno por haber hipotecado la tierra pública. Por nota del 7 de abril de 1826 con la firma de Bernardino Rivadavia, presidente, y Julián Segundo de Agüero ministro, se comunicaba al Congreso que de acuerdo al artículo 5 de la ley del 15 de febrero se prohíbe la enajenación de las tierras de propiedad pública, hipotecadas…”.Fueron entonces arrendadas, sin dar los resultados que los panegiristas le han atribuido. Un fervoroso liberal antirrosista, Emilio Coni, en la obra mas documentada sobre la enfiteusis, ha demostrado su real fracaso. De Paoli señala que el verdadero fundador de la oligarquía terrateniente fue Rivadavia, demoliendo la conseja sobre la presunta reforma agraria. Pero el hombre de las luces, estaba decidido a no dejar títere con cabeza. Si lo europeo era lo bueno, esto no era europeo, por lo tanto era malo. Por eso arremetió contra la Iglesia Católica, no por Católica, sino por que encarnaba el espíritu elemental del pueblo argentino, despreciado por este sujeto, a quien el General Iriarte describía: “ Su desmesurada hinchazón, su tono y sus maneras repulsivas, su aire prepotente de chocante superioridad, era motivo aún mas fuerte que la aversión a sus reformas, para hacerlo al hombre mas impopular.
Rivadavia haciendo alarde de su ortodoxia verbal, rodeado por irenistas o disimulados herejes como Agüero, Valentín Gomez, Zabaleta o Funes, no se atrevía a asumir una reforma como la conocida en el siglo XVI, prefirió lesionar a la iglesia como fundamento moral del país, con medidas que pudieran ser soportadas por los tolerantes ilustrados de la época. Era una forma de combatir el espíritu hispánico y su descendiente criollo. Por esa razón el ataque a la Iglesia, por más que se agitasen consignas moralizadoras, implicaba el más peligroso y revolucionario de los sueños reformistas. Resultan indignantes y estúpidas las opiniones de conocidos prelados de la actualidad, que todavía pretenden atribuir a Rivadavia fervoroso catolicismo. Y otra vez mas se pondrán de manifiesto las opuestas opiniones de San Martín y Rivadavia en ocasión de la visita de monseñor Muzi, legado papal y su reducida comitiva integrada entro otros por Mastai Ferreti, futuro Pío IX. Rivadavia los recibe con manifiesta hostilidad, prohibiéndoles efectuar estrictos actos relativos al culto, e igualmente desplazarse por el territorio argentino con entera libertad.
San Martín los visita en dos oportunidades, dejando constancia de su adhesión a la Iglesia Católica. Ambas visitas son retribuidas por el legado papal.
La herejía de Rivadavia fue, como todo lo que le perteneció al personaje, acorde con su dimensión espiritual: pequeña, mezquina, artera. El 2 de abril de 1824, vence el término de Martín Rodríguez. Lo sucede Las Heras. Rivadavia rechaza el nuevo ministerio ofrecido por el gobernador, pues prefiere la misión como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Inglaterra y Francia, ambos países que todavía no habían reconocido nuestra Independencia, consumando de tal modo un verdadero absurdo diplomático. De su viaje a Europa queda el consabido prestigio cosechado por la visita al viejo mundo. Al regresar, es designado por los diputados del Congreso Constituyente, recientemente reunido, presidente de la Nación, sin cumplir con requisitos elementales, como por ejemplo, no haber sido fijada aún la duración del mandato presidencial. Le toca pues, la ironía es muy cruel, inaugurar al sillón de Rivadavia.
Manuel J. García, asociado de Rivadavia, también era un pillo, pero inteligente. La paz firmada a toda costa por orden de la logia, manejada por Agüero, se proponía utilizar las fuerzas que luchaban contra el Brasil para reprimir a los gobernadores federales hartos de las burradas del Congreso, de las estolideces del presidente y de las canalladas de los ministros. Ante la insostenible situación Rivadavia renuncia. Había presidido algo mas de un año una nación inexistente regida por la delirante constitución. Pero no conforme, nos deja inapreciables testimonios del barullo de su pobre cabecita.
Este fue el primer Presidente de la Nación Argentina imprescriptible propietario del consabido sillón. Pero Rivadavia es irredimible. Antes de irse deja proclamas con distintos destinatarios. Una de ellas es al ejército, la cual despierta sospechas sobre las intenciones de instigar a los trágicos acontecimientos del año siguiente: “A vosotros toca, solo a vosotros, apartar de la nación el azote que la amenaza”. Las palabras de Rivadavia, son una premonición de la sigilosa de sus admiradores Varela y Carril, destinadas en diciembre de 1828 a convencer a Lavalle de fusilar a Dorrego. Y Borrego, justamente, se perfilaba en el momento en que escribe Rivadavia, como el azote merecido por los despropósitos de los visionarios.
El pueblo y sus interpretes caudillos son la barbarie que se debe aniquilar. Por eso muere Borrego. En carta a Lavalle, el 15 de diciembre de 1828, pretendiendo disimular con iniciales B:R:, aparece junto al siniestro Agüero, inspirando desde la sombra el asesinato de Navarro. Algunas gotas de sangre lo salpican y por eso desaparece del País. Europa, Uruguay, Brasil, lo ven desfilar con su barriga llena y la cabeza vacía. En abril de 1834 intenta entrar en Buenos Aires. El pueblo lo obliga a reembarcarse. Ya no vuelve más. Muere en septiembre de 1845 en Cádiz, acompañado por dos sobrinas, Gertrudis y Clara Michelena.
Comienza la transfiguración de Rivadavia. El individuo ayuno de cultura se convierte en sabio ; el fabulador de proyectos disparatados, en brillante estadista; el herético reformista , en fervoroso católico; el destructor del ejército, según Mitre, en el “último representante de nuestra grandeza militar”; el monárquico, en abnegado republicano; el socio de los ingleses en el negocio de las minas del Famatina, en el honrado funcionario, en fin, hubo quien llegó a elogiar su deformidad física y llamó “bella y gentil” Juanita, a Juana del Pino, su esposa, la mujer mas fea de Buenos Aires. Hasta aquí nuestro primer presidente.
A fines del siglo XVIII la revolución industrial hacía de Inglaterra una nación en plena expansión, necesitada de mercados consumidores. Su doctrina el liberalismo, se encargaría de ello con mas eficacia que la acción armada. Para ello nada mejor que condicionar la mentalidad de hombres como Rivadavia, fácil presa de las ilusiones del progreso y de los buenos negocios para concretar los designios del imperio.
La primera deuda externa de la Argentina, o sea el primer empréstito: por leyes del 19 de agosto y 28 de noviembre de 1822, la legislatura de Buenos Aires autorizó al gobierno a contratar un empréstito externo de 5 millones de pesos fuertes (un millón de libras esterlinas). ¿Con que objeto? No existían imperiosas necesidades financieras, ni urgentes motivos militares. El pretexto que se dio fue la necesidad de construir un muelle en Buenos Aires, realizar algunas otras obras públicas, y fundar varios puertos en el litoral. Para ello Rivadavia marchó a Londres en 1824 al mismo tiempo de negociarse allí el empréstito, a la vez que el citado viaje también fue motivado por negocios mineros.
El 1 de julio se firmaba el bono general a favor de la casa de banca Baring Brothers (contratar empréstitos que no se podían pagar y quedaban pendientes siempre fue la política de esta casa). El préstamo se obtenía al tipo de 70: es decir que Baring entregaba solamente 700.000 libras, pero Buenos Aires quedaba obligada por un millón. Además la provincia daba como garantía, toda la tierra pública, todas sus rentas, bienes y territorio, es decir quedaba hipotecada totalmente hasta la definitiva cancelación del extraordinario préstamo. Pero no siendo suficiente esta garantía, los acreedores retuvieron cuatro semestres adelantados de intereses y amortizaciones; cargando también sobre el monto a girar las 7 mil libras de comisión que correspondían a Parisch y Castro (dos agentes de negocios) y las 3 mil libras gastadas por éstos en los trámites de la operación.
En total Buenos Aires recibiría solamente 560.000 libras, quedando hipotecada por un millón, debiendo girar anualmente 65.000 libras por intereses (6%) y amortización (1/2%). Que no tenía materialmente de donde sacarlos. Además el préstamo debía ser en oro contante y sonante, pues ya en la Argentina escaseaba el metálico a causas del liberalismo. Pero no obstante las promesas de los banqueros, y bajo el pretexto del riesgo que se corría en mandar semejante cantidad de oro embarcado, decidieron ponerlo a buen resguardo en el mismo Londres, y mandarnos papel, el llamado letras de cambio, la mayoría de ellos giradas a nombre de comerciantes ingleses ya radicados en nuestro país.
Que hizo el gobierno con ese dinero? Ni construyó el muelle, ni realizó obras públicas, ni fundó un solo puerto. Tampoco lo empleó en la guerra con el Brasil declarada el l de enero de 1826. Precisamente como si no hubiera necesidades bélicas, a los seis días de declarada ésta, fundaba un banco – el Banco Nacional – administrado por particulares y cuyos principales accionistas eran ingleses como Brittain, Millar, Stewar ,Cartwright, Handist, Bagley, Harrar, Montgomery, Horn, Robertson y Thwaites con el objeto de entretener productivamente el empréstito con préstamos a los propios comerciantes extranjeros, quienes nunca jamás reembolsaron los préstamos sino que el Banco se negó a financiar la guerra con el Brasil, cuando Dorrego – sucesor de Rivadavia – quiso emplear el dinero con ese destino.
Así comenzaron nuestros problemas económicos para pagar dicho empréstito y se comenzó con venderse nuestra escuadra de mar (la guerra con el Brasil no había terminado) y se enajenaron las fragatas Asia y Congreso. En 1828 se declaró la moratoria. La cotización desapareció de la bolsa.
El gobierno inglés jamás pensó en ser retribuido con las cuotas del empréstito, su objeto en cambio era atar a los nuevos estados americanos por obligaciones que no podrían cumplir, garantizando con toda su renta y a veces con la tierra pública; la amenaza de una intervención armada para ejecutar las garantías por la fuerza pendería sobre los nuevos estados como una espada de Damocles. A menos, claro es, que sus gobernantes fueran solícitos con los acreedores , pues Inglaterra era generosa con sus amigos. Tal es la historia del primer empréstito argentino el empréstito Baring Brothers.
Otro de los negocios entablados bajo la administración de Rivadavia, fue la explotación de la mina de oro del Famatina. Las preocupaciones de Rivadavia la motivaba las circunstancias que desde 1824 una compañía criolla explotaba los yacimientos , y que por una ley federal permitía a La Rioja administrar sus riquezas. El 27 de enero de 1826 diez días antes de ser presidente, Rivadavia, les escribe a sus corresponsales ingleses: “ ya no puedo demorar por mas tiempo la instalación del gobierno nacional, y luego que sea nombrado procederé a procurar la sanción de la ley para el contrato de la compañía.
Se hace elegir presidente el 6 de febrero y otorga inmediatamente la ley que declara propiedad nacional las tierras públicas y demás bienes inmuebles. Alborozado, escribe entonces a HULLET BROTHERS, el 14 de marzo, al poco tiempo de promulgar la ley; “ las minas son ya, por ley, propiedad nacional, y están exclusivamente bajo la administración del presidente”.
Famatina fue concedida a la Mining. Pero cuando los ingenieros ingleses llegaron a La Rioja para iniciar sus trabajos, se encontraron con Facundo Quiroga que desconocía y desacataba las resoluciones presidenciales. Esa desobediencia indignó a Rivadavia, tanto trabajo, tantos viajes, tantos arreglos institucionales para que un “caudillo bárbaro” le impidiera coronar su obra. Y se hizo dictar una ley que le autorizaba a disponer de 50.000 pesos para ayudar al ejército presidencial de Lamadrid – que se había apoderado de Tucumán – a tomar el Famatina y a derrocar a Quiroga. Claro está que en el texto de la Ley se decía otra cosa: “que era para hacer las diligencias necesarias a fin de averiguar si es realizable la empresa de establecer una comunicación permanente por agua desde los Andes hasta Capital”.
De todos modos, cuando los ingleses en su rápida excursión al Famatina se toparon con Facundo Quiroga, y con quien no era fácil tratar semejante negocio. Por entonces la Minino presionó a Rivadavia para que arbitre los medios para que se le entregue el Famatina, y sus síndicos demandaron daños y perjuicios al gobierno nacional por la suma de 52.520 Libras. Borrego al dar cuenta de esta demanda en su mensaje a la Legislatura, lo hizo con graves palabras : “ El engaño de aquellos extranjeros, y la conducta escandalosa de un hombre público del país, que prepara esta especulación, se enrola en ella, y es tildado de dividir su precio, nos causa un amargo pesar, más pérdidas que reparar en nuestro crédito” , sin imaginarse quizá que diciendo eso dictaba su sentencia de muerte si otra vez los Agüero, los del Carril y los Varela ( es decir al círculo rivadaviano) volvían a encontrarse en el poder.
Son tal claras las pruebas de cohecho en el negocio de la Minig; tan evidentes, tan precisas, tan concordantes las presunciones de cargo, tantas las cartas comprometedores que se escriben, tan grave que el presidente de la República acepte cargos rentados en compañías destinadas a tratar con el gobierno que preside y cuya concesión se denuncia que ha vendido en 35 mil libras esterlinas, el hombre que quiere obtener un provecho personal empleando su posición de gobernante, se hace elegir director de la Compañía, se nombra su representante. El Señor Rivadavia aceptó el cargo de presidente del Borrad of Management con un adecuado salario. Tal fue el negociado del Famatina, que no le salió del todo bien, pues se encontró con un patriota como Juan Facundo Quiroga.