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JOSE DE SAN MARTIN: Su vida, su obra, ostracismo, muerte y transfiguración han brindado material para que cuanto servidor de la colonia, macaneador a sueldo y maestro ciruela, lo convierta en Santo de la Espada. La biografía de San Martín escrita por lo liberales encierra uno de los capítulos más oprobiosos de la historia oficial. Si su grandeza no hubiera hecho trizas los infundios, el destino habría sido similar al de su respetado amigo Juan Manuel de Rosas. Es necesario indagar a quienes lo juzgan, bajo que prisma lo analizan y en que medida los comprenden las generales de la ley, en calidad de enemigos cautelosos, encubiertos o disimulados del poder.
El primero en el tiempo de sus notorios biógrafos fue Bartolomé Mitre, quien según Carlos Steffens Soler “no era hombre de olvidar que San Martín en carta a Rosas en 1839, aunque no dio los nombres de los felones, lo enumeró a El tácitamente”. A partir de la interpretación de Mitre comienza la mutilación de San Martín, destinada a su ingreso al procerato liberal... El primer intento de Mitre, de movida nomás con la falsedad de llamarlo “republicano”, cuando es evidente el monarquismo de San Martín. La obra del General poeta, historiador, bien documentada tiende a mostrar un crítico perfil militar en total desmedro de las ideas políticas del personaje, sazonado con abundantes acotaciones sobre los méritos morales. Una manera de suprimir o desvirtuar las discrepancias con Rivadavia y los unitarios y el premonitorio apoyo a Juan Manuel de Rosas. Mitre levanta su pluma al finalizar la campaña militar, guardando silencio sobre los 28 años que aún restan sobre la vida de San Martín, en los que cobra sentido público su acción en los campos de batalla. A pesar de la ardiente claúsula tercera del testamento de San Martín, atribuida por los fabuladores a senilidad y chochera, una vez muerto comienza la transfiguración. No tienen más remedio que aceptar su gloria, mas previamente lo desvirtúan adecuándolo a las exigencias de la política instaurada.
Resulta sugestivo comprobar que los cuatro visitantes que brindan la versión de las entrevistas, con el prócer radicado en Francia, son otros tantos felones, de acuerdo al juicio contenido en la carta a Rosas del 10 de junio de 1839, cuando escribe”...lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer.
En 1843 Alberdi; en 1844 Florencio Varela; en 1846 Sarmiento y Felix Frías en 1850, haciendo gala de desfachatez, otro nombre no cabe, lo entrevistan. El cuarteto por un indigno espíritu de partido habíase unido al extranjero contra su patria. Los comentarios de Alberdi, Varela y Frías destilan su dosis de acíbar, soslayan el tema político, aunque Varela mienta afirmando que San Martín maldice la “tiranía de Rosas” y Frías brinde una semblanza hogareña. El testimonio de Sarmiento no merece la más mínima fe, a tal punto que afirma que San Martín ha cumplido setenta y cinco años cuando tiene en verdad 68. Fundado en tal embuste pretende achacar a su interlocutor decadencia senil por defender el gobierno de Rosas. “San Martín – escribe Sarmiento – era hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades del espíritu adquiridas por la vejez...aquella mirada tan clara en otros tiempos, declina ahora...” Cabe preguntarse en que otro tiempo Sarmiento había sido testigo de esa mirada. A los 68 años San Martín posee la lucidez de su mocedad; a poco de la Vuelta de Obligado, el mismo año que lo visita Sarmiento, ha escrito al General Guido la briosa carta en la que acierta en definir el orgullo criollo con una frase epigramática: “...los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”.
A fines de 1845, la lúcida comunicación al cónsul argentino Dickson consiste en un modelo de sagaces observaciones sobre la imposibilidad de los agresores anglo franceses de conquistar nuestro país, que sirve en las cancillerías de ambos países y en los lugares donde se divulga, para desalentar otro intento agresor como el del 20 de noviembre del mismo año. Ya llegaremos a las cartas de la histórica amistad, pero vale la pena leer lo que en ese momento de “senilidad” San Martín opina sobre la Confederación y su heroico conductor (Juan Manuel de Rosas): “ A tal larga distancia – dice el prócer – y por tantos años alejados de la escena , no me es fácil saber la verdad; pero por lo ecos que aquí llegan , si bien no he conocido al General Rosas, me inclino a creer que los unitarios exageran y que sus enemigos lo pintan mas arbitrario de lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que han encabezado la cruzada unitaria: Paz, Lavalle el mas turbulento; Lamadrid, sino más valiente que éste, sin duda con menos cabeza; y si todos ellos y lo mejor del país como se pretende, auxiliados por los extranjeros, no logran desmoronar tan mal gobierno, sin duda es porque la mayoría está convencida de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20 ni que el comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al Jefe del Estado.(fusilamiento de Dorrego por Lavalle). Sobre todo tiene para mí el General Rosas que ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por eso, después de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia americana, por aquel acto de entereza en el cual, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglo francesa que, pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia.” Insisto, ésta es una muestra de la “decadencia” señalada por Sarmiento.
Apenas un semestre después de su arribo, el 8 de octubre, las cosas se resuelven con un golpe militar que barre a los miembros del Triunvirato, y muy especialmente al “activo secretario”(Rivadavia). La logia, entre tironeos, impone a sus hombres. San Martín recibe el mando militar que sus antecedentes acreditan y Rivadavia desaparece con una inmerecida misión en Europa. Rivadavia no olvidó al recién venido Teniente Coronel, éste tuvo repetidas ocasiones de soportar el vengativo recuerdo del “activo secretario”.
Durante el periodo comprendido entre el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, hasta el abandono del poder en 1822, a pesar de las interferencias de los doctores y el atolondramiento de algunos oficiales, existe coherencia en el ejército ocupado en la absorbente tarea emancipadora. Recién al regresar de los campos de batalla operará en el ánimo de los desprevenidos soldados la “perniciosa confusión”. San Martín, que ha padecido los celos y las calumnias de los escribas roedores de su grandeza, , la mezquindad de los cagatintas unitarios, no caerá, ni alguno de sus colaboradores, en el supino error. El método encarado por los liberales para desvirtuar a San Martín, comenzó por ocultar aspectos fundamentales reveladores de su carácter y de sus ideas políticas, ofreciendo el escueto perfil de un militar constreñido por su oficio, sin otra preocupación que la de ganar batallas. Especie de noble espadón huero de opiniones y estrategias políticas.-
La falacia cobra especial importancia al convertirla en cimiento y clave de otras falsedades de ellas derivadas. Si la manganeta de ocultar su respeto y admiración por Rosas no resulta posible, siendo descubierta la cordial relación, se le quita importancia, rebájasela de categoría, imputándola a la ignorancia política del “milico”, ofuscado por un jingoísmo cerril, incapaz de justipreciar los otros factores en juego. Mitre es el primero en insistir en este embuste porque si Mitre era insufriblemente cursi, no era tan zonzo como creía Velez Sarfield. La indiscutible gloria de San Martín exigía elevarlo en su actividad castrense, para poder – respetuosa e insistentemente – cercenarle méritos políticos. En esas condiciones pone punto final a su voluminosa patraña. Cito palabras del último párrafo de la HISTORIA DE SAN MARTIN: “Con todas sus deficiencias intelectuales, y sus errores políticos, con su genio limitado y meramente concreto (sic); con su escuela militar más metódica que inspirada...etc.etc.” Así adobado por el elogio mezquino de Mitre, lo toman sus herederos en la falsificación, dispuestos a insistir en las enseñanzas del maestro. De ahí a convertirse en Santo de la Espada solo falta un tranco de chimango, como diría su amigo Don Juan Manuel. No sabemos si San Martín traía desde España ciertos puntos de vista y creencias políticas puesta de manifiesto en el curso de su estapa sudamericana. Sábese eso sí, que detesta el tumulto revolucionario, el retrato del Marqués del Socorro, General Solano, su Jefe en Andalucía, sacrificado por una exaltada multitud, lo acompaña el resto de su vida como un testimonio irrecusable contrario a las violencias tumultuarias.
La Logia inspirada en otras organizaciones similares, poseía el secreto y la organización gradual de las masónicas, aunque carecía de todo vínculo con ella, salvo el de algunos miembros pertenecientes a ambas, de acuerdo con el testimonio del General Zapiola, uno de los fundadores. Pero, casualmente, la mencionada circunstancia, la doble filiación de algunos miembros, provoca defecciones e interferencias cuyos efectos son apreciables al poco tiempo de su fundación. Los miembros pertenecientes a la masonería, como lo señala el honrado representante chileno en Buenos Aires, Zañartú, no dejan de hostigar por diferentes conductos, la obra emancipadora de San Martín. El personaje clave, ambicioso, corrompido, traicionero, es Carlos María de Alvear. Sus trapisondas le brindan el apoyo necesario para alcanzar grados superiores en el ejército y las altas jerarquías políticas. Es necesario señalar la constante inquina de este sujeto, aliado a cuanta maniobra desleal contra San Martín se urdiese, dictada por los celos y su índole corrompida. Lo que naturalmente, no es óbice para que posea en Buenos Aires el mas colosal de los monumentos consagratorios.
En realidad Alvear pertenece a un linaje de traidores; luego de ser depuesto de su cargo de Director Supremo, heredado de su tío Gervasio Posadas, en abril de 1815, se traslada a Río de Janeiro, donde, como un rasgo definitivo de su perfidia, renuncia a la nacionalidad, en una carta dirigida al gobierno español que por su abyección es comparable a los testimonios similares de Florencio Varela, Sarmiento o Alberdi. San Martín a pesar de que la historia oficial quiere encerrarlo en los estrechos límites del cuartel, no puede dejar de enterarse de la conducta de los porteños ensoberbecidos y de los traidores, comparándola con la de los caudillos acosados por la agresión directorial aliada al extranjero, sea éste inglés o portugués. El militar San Martín conoce su deber, organizando los ejércitos del norte y el proyecto cuyano, pero el político que hay en él, recoge los datos ofrecidos por la realidad otorgando a unos y a otros el verdadero valor.
Sus costumbres, su lenguaje, su acento, no debieron ser otros que las de un oficial español. Sin embargo, el contacto con la realidad local le permite, a pesar de los prejuicios de clase y profesión que lo rodean, comprender los acontecimientos, los protagonistas y las causas de los enfrentamientos entre los caudillos y los personeros de Buenos Aires. La aguda percepción de dichas causas explica, mejor que enredadas teorías, el itinerario del prócer y su conducta posterior en relación con los defensores de la soberanía nacional. Pero lo que no deja de llamar la atención, es el estilo y el lenguaje que utiliza al dirigirse a los caudillos. Adecuado, sin caer en plebeyismo chabacanos, a un modo de ser y de expresión.
El “gallego acriollado” conoce, como ninguno de los gobernantes de aquella década posterior a Mayo, el idioma y las afinidades de los conductores de los pueblos sublevados. Tampoco ignora la inmoralidad de quienes han gobernado las Provincias Unidas desde la Primera Junta de Mayo.
En Arequito las tropas del Ejército del Norte se sublevan, negándose a servir al directorio. San Martín repite la saludable desobediencia, decidido a cumplir su destino americano. En cartas a Estanislao López y otra a Artigas, revela la misma sutileza ya referida al lenguaje y al estilo criollo: “Paisano y Señor” y “Paisano y muy señor mío”, son el encabezamiento de cada carta, diferente al protocolar utilizado en otras ocasiones con diversos corresponsales. A ello debe agregarse el contenido, sin desplantes de Jefe ni de pueblero, plática coloquial entre vecinos aquerenciados a un pago. Como suele decirse en el campo “le busca el lado de las casas”. Conocedor del orgullo paisano de hombres de a caballo, al referirse a los españoles los llama maturrangos, un modo criollo de descalificarlos, “unámonos paisano mío, para batir a los maturrangos” le dice en otra a Estanislao López, y en otra “los maturrangos se aprovechan de las circunstancias” le dice a Artigas y agrega “unámonos contra los maturrangos bajo las bases que usted crea”. La correspondencia con Alejandro Heredia y Pancho Ramirez muestra idéntica cordialidad. Queda como garantía textual repetida a López y Artigas: “mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas” (saldrá le dice a López, se sacará a Artigas). Con Quemes, Quiroga y Bustos son otro de los tantos testimonios de amistosa correspondencia, mutua comprensión habida entre San Martín y la realidad. A idéntica tesitura moral pertenece la Proclama al Ejército de los Andes, dada en Mendoza en 1819: “Ya no puede dudarse – dice el prócer – de que una fuerte expedición española viene a atacarnos; sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan; vamos a desengañarlos. La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos, si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajen nuestras mujeres y sinó andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y los trabajos. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos”. Aquí ya comienza a verse los problemas que debe sortear San Martín por haber desobedecido a las logias de Buenos Aires de continuar su empresa de libertar a los americanos, pues le mezquinan armamentos, ropas, dinero para pagar los sueldos, etc,etc.etc. La adecuada elección del lenguaje en relación con los caudillos criollos y con la tropa, consiste en otra irrefutable prueba de la capacidad política de San Martín, negada por el historicismo mitrista. Saberle hablar a la gente es el primer mandamiento de todo liderazgo. No hace falta excesiva perspicacia para discernir cuáles serían los enemigos coetáneos, y de la posteridad, al conocer el habla y el idioma de San Martín. Por mera afinidad de los enemigos comunes establecíanse corrientes de simpatía nacidas sin deliberada intención. Vale la pena preguntarse a que respondían las enemistades. El político San Martín conoce hasta donde llega la pertinacia liberal en perjuicio del plan del militar San Martín; la intención de los gobernantes, sin excepción, se dirige a poner al ejército de guardia pretoriana de sus intereses personales. Repetida intención a lo largo de nuestra historia: convertir al ejército libertador en policía defensora del poder legítimo.
Los farsantes de la historiografía mitrista intentaron una suerte de alianza en las nubes entre el libertador San Martín y el liberal Rivadavia; el militar y el civil abrasados en la causa común coronada por la libertad, la democracia y las luces del entendimiento. Si Rosas y Rivadavia ocupan extremos irreconciliables, mas lejos aún estaban San Martín y Rivadavia, por algo San Martín apoyó a Rosas.
A San Martín se lo acusa de monárquico o se lo defiende de tal acusación. El tema no parece discutirse en tales términos, como si la monarquía significara un delirio o algo parecido. Quienes niegan el monarquismo del prócer, adoptan argumentos igualmente falsos. Lo cierto es que San Martín fue partidario de la monarquía y de los gobiernos fuertes. La monarquía proyectada por San Martín abarcaba el territorio de las Provincia Unidas, Chile y Perú, por lo menos, afirmándose sobre una corona unida de algún modo a la familia real española, previo y esencial reconocimiento de la independencia americana. El plan de San Martín consideraba a un gobierno monárquico semicontinental, tendiente a evitar la anarquía que en diferentes espacios ya asomaba. Inglaterra, observadora y atenta, a través de los numerosos espías con disfraz de colaboradores y comerciantes, ayudada por la masonería infiltrada en los ejércitos españoles y americanos, alentaba lo que parecía una paradoja al proyectar repúblicas numerosas y autónomas (divide y vencerás), el fin no era otro que el fácil dominio de aquel mosaico republicano, lo que no ocurriría con un gobierno fuerte y con amplia jurisdicción continental. En Buenos Aires, como en Lima, la influencia masónica cobraba invalorables piezas. Las cartas del patriota Miguel Zanartú revelan la conspiración masónica contra San Martín, en la que se encuentra complicado un individuo de su confianza como era el General Las Heras. Su actuación posterior así lo confirma. De todos modos las dos puntas son parte de la misma trenza. La masonería irá estrangulando con la colaboración de las luces y los principios de Buenos Aires, el original proyecto americano soñado por San Martín.
Las sinuosas respuestas de Rivadavia al pedido de ayuda de Tucumán para colaborar desde el Alto Perú con San Martín, son una prueba de la bajeza del sujeto. Es otra vez Zañartú el que interviene ante O`Higgins, pero Rivadavia frustra la ayuda (no parece hacerlo reflexionar la muerte de soldados argentinos por no enviar la ayuda solicitada por San Martín). Por un lado la actitud de las provincias, Urdinea, Bustos, López, Quiroga, el país de los caudillos ofrecía sus escasos recursos, Buenos Aires, donde reinaba el dúo Manuel García y Rivadavia, apoyado por Julián Segundo de Agüero, Valentín Gómez y el periodismo de El Centinela, de Ignacio Nuñez y Juan Cruz Varela, negaba toda ayuda. Más aún, García llegó a sostener que “al país era útil que permanecieran los enemigos en el Perú”. La criminal resolución provocaría, poco después, la pérdida del inmenso territorio altoperuano, constituido por Bolivar en la República de Bolivia. Lo cierto es la total falta de ayuda de los liberales encaramados en el gobierno porteño.
El, José de San Martín, no cree en gobiernos débiles, republicanos y democráticos, sus pasos siguientes lo demostrarán. <luego en una carta que es toda una definición dice “En París, donde los habitantes desean el gobierno del sable militar a caer en poder de los partidos socialistas…”Desde Bruselas, le escribe a Chilavert “establecí mi cuartel general en mi chacra de Mendoza…corté toda comunicación…me proponía en mi atrincheramiento dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija ¡pero vanas esperanzas! En medio de esos planes lisonjeros, he aquí que el espantoso Centinela principia a hostilizarme; sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico destino”.Y finaliza con este comentario “…si tenemos juicio y si doce años de revolución nos han enseñado a obedecer, si señor, a obedecer, pues sin esta circunstancia no se puede saber mandar”. “Sería yo un loco si me mezclara con esos calaveras – le escribe a Iriarte – Entre ellos hay algunos, y el General Lavalle es uno de ellos a quien no he fusilado de lástima cuando estaba a mis órdenes…. Los autores del movimiento del 1 de diciembre de 1828 son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a esta país, sino al resto de América con su infernal conducta; si mi alma fuera tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, pero es necesario señalarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”. Al chileno Palazuelos: “Si yo viese a su afortunada patria dar oídos a visionarios y precipitar las reformas confieso a Usted que me alarmaría por su futura suerte; tenga usted presente la que se siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia, que empleó en solo madera para construir andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, 60 mil duros. Se gastaron ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia para la construcción de un canal de Mendoza a Buenos Aires…que gastó 100 mil pesos para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río…y todo esto se hacía cuando no había un muelle para embarcar y desembarcar y por el contrario deshizo destruyó el que había de piedra… Sería de no acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de compatriotas creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con solo los decretos que diariamente llenaban lo que se llama archivo oficial”.
San Martín no perteneció a la masonería, entre las documentadas razones expuestas por otros, agrego que de haber sido masón y afirmar la intervención que la masonería tuvo en su retiro del Perú por pertenecer él a ella, Mitre, grado 33 de la masonería, no hubiese desperdiciado la ocasión de probar su “hermandad” con el prócer. Si no lo hizo, en mi opinión, es porque decididamente San Martín no perteneció a dicha mafia. En la correspondencia con O`Higgins encontramos esta carta del 20 de octubre de 1827 en la que vuelve a referirse a sus enemigos en relación con el escamoteo de varias cartas, agregando: “…esto no me sorprende pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la mas completa, yo he mirado a esta conducta con el desprecio que se merecen sus autores”. Luego sobre su confinamiento en Mendoza recuerda: “ la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería…yo ví claramente no era posible vivir tranquilo en mi patria…”
Allí, como en repetidas oportunidades, San Martín insiste en la intención de radicarse en su país, lo que se le niega al carecer de las mínimas garantías que su tranquilidad requiere. En otras de las cartas de San Martín, cuando la anarquía estaba en su apogeo entre unitarios y federales, San Martín dice “es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos desaparezca…se trata de buscar un soldado que reuniendo el prestigio de la victoria, la opinión del resto de las provincias, y mas que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan”.Sin duda estaba dibujando el perfil de Juan Manuel de Rosas. Un año después escribía a Guido: “Aunque no sea fácil juzgar a la distancia; y aunque carezco de un exacto conocimiento del carácter de los hombres mas influyentes de Buenos Aires, me atrevo a extender mi juicio para opinar que jamás se ha hallado esa provincia en situación mas ventajosa para hacer su prosperidad que la presente…yo no conozco al Señor Rosas, pero según tengo entendido tiene su carácter firme y buenos deseos; esto basta, pues la falta de experiencia en el mando la adquirirá…”
San Martín y volvemos a repetirlo, no cae en la perniciosa confusión, de los demócratas a la violeta, tampoco cae en la libertad bajo la acepción que le otorgan los liberales. Y no se trata de una afirmación gratuita. En la carta mutilada a que me he referido, lo dice en términos que no dejan lugar a dudas: “…los hombres no viven de ilusiones sino de hechos: si en lugar de ser libre estoy oprimido, ¡libertad! Désela usted a un niño de dos años para que se entretenga por vía de diversión con un estuche de navajas de afeitar, y usted me contará los resultados. !libertad!, para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan y, si existen, se hagan ilusorias. ¡libertad! , para que si me dedico a cualquier género de industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años…!libertad!, para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja por vía de especulación hacer una revolución y quedar impunes. ¡libertad! Para que sacrifique mis hijos en disensiones y guerras civiles. ¡libertad! Para haberme expatriado sin forma de juicio y tal vez por una mera divergencia de opinión. ¡libertad!, para que el dolo y la mala fe encuentren una completa impunidad, como lo comprueban lo general de las quiebras fraudulentas acaecidas en ésa. Maldita sea la libertad…Hasta que no sea establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano…y concluyo diciendo que al hombre que establezca el orden en nuestra Patria: SEAN CUALES SEAN LOS MEDIOS QUE PARA ELLO EMPLEEN, ES EL SOLO QUE MERECERA EL NOBLE TITULO DE LIBERTADOR”. Insisto en que quienes publican en 1910, es decir la Comisión Nacional del Centenario, los documentos del Archivo de San Martín cometen la estafa de suprimir los últimos párrafos transcriptos y otros fundamentales.
Cuando a raíz de la intervención francesa en el Río de La Plata, San Martín escribe a Rosas ofreciendo sus servicios militares, no hace más que ratificar una tácita adhesión anterior. En otra carta sostiene San Martín “que el carácter del pueblo de Chile es más apropiado para una forma monárquica de gobierno”. Los testimonios escritos de San Martín, son pruebas irrefutables de la desconfianza de San Martín por los regímenes republicanos, a causa de la experiencia recogida no bien pisa su tierra natal.
San Martín apoya a Rosas cuando los traidores se unían al extranjero para derrocar a Juan Manuel, y dice: “….pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer. Juan Lavalle, José María Paz, Salvador María del Carril, Gregorio Las Heras, Julián Segundo de Agüero, Valentín Alsina, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Bernardino Rivadavia…la nómina por cierto es mas extensa, aunque incompleta. Y agrega “…a pesar de esto yo no aprobaré jamás el que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria.”
Las ideas de San Martín, son absolutamente opuesta a la de los liberales, y en 1821 exponía “Primero es establecer la Independencia, después se pensará en establecer la libertad sólidamente”. Estas palabras encuentran eco en la carta de Rosas a Quiroga en la hacienda de Figueroa :primero la soberanía, después las libertades y las instituciones.
Veamos lo que decía Florencio Varela de la amistad de San Martín y Rosas: “Nadie en Sudamérica, sino el General San Martín y Rosas se alarman por la ingerencia que los gobiernos de Europa han tomado en nuestras cosas”.Las crapulosas palabras de Varela poseen carácter definitivo.
En noviembre del 48, a fin de mes, agradece a Rosas el nombramiento de Mariano Balcarce, marido de Mercedes de San Martín, como oficial de la legación argentina en Francia.
El testamento de San Martín, fechado el 23 de enero de 1844, seis años antes de su muerte, establece en la citada cláusula: “El sable que me ha acompañado durante toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción, que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretenciones de los extranjeros que trataban de humillarla”. A esta altura quisiera saber ¿que hubiera pasado si San Martín lega su sable a Mitre o a Sarmiento?, seguramente que en todo acto escolar se mencionaría.
La prueba cabal del irreprimible fastidio de los traidores a raíz del heroico legado se encuentra en la carta que Valentín Alsina, presidente de la comisión de traidores en Montevideo, escribe el 9 de noviembre de 1850 a Félix Frías: “San Martín…como militar fue intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles, contra el extranjero, copiando el estilo y fraseología de aquel…Era de los que en la causa de América no ven mas que la independencia de todo país extranjero, sin importarles nada la libertad y sus consecuencias….nos ha dañado mucho fortificando aquí y allá la causa de Rosas con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla, indigna…”
La histórica amistad no fue producto del azar; padecieron los mismos enemigos y compartieron la querencia de la patria; fueron dos enteros; los dos murieron lejos; en ambos el exilio depuró los años de combate. Nunca se vieron, no se conocieron. Dios no permitió que se abrazaran en la vida, prefirió acollararlos en la historia.
La enemistad entre Rivadavia y San Martín, nace el 8 de octubre de 1812 cuando el entonces Coronel, al frente de su Regimiento de Granaderos, irrumpió en la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, para defenestrar a don Bernardino y su Triunvirato en lo que algunos consideran el primer golpe de estado de militares contra civiles.